Flashback Flamenco

A continuación un avance de lo que será el libro. En concreto se trata del “Acto III” de Sucedió en Chirlos Mirlos:

portada chirlos mirlos

… Coto se detiene, como si no prestara atención a lo que veníamos hablando. Embozado en su capa, se descubre y olfatea, me señala el humo. Olor a plástico quemado. Respirar, respirar…
Bidones humeantes sobre una montaña de cenizas se interpone en nuestro camino.
– Pero esto… ¿qué quiere decir ahora?
– Imagínatelo, Siroquillo.
Campos de cañas brillan a nuestro alrededor. Es solo una impresión, luego se ve que no son más que moños de cañas desperdigados por los baldíos.
Coto despliega su capa como si fuera un capote, señalándome el terreno que pisamos.
– Coto, el matador, te voy a llamar. El matador sin espada.
– Y sin parné ni mujeres, ni… ¡bueno ni ná!

Gira el tronco, recogiendo su capa y me revela una encrucijada. No me había percatado que ocho caminos nos rodean: ranchos de plátanos cuelgan en sus entradas.
– ¡Este cruce de caminos son las Patas de la Araña!
Lo miro con cara de rentoy… Ya he estado un par de veces a punto de enviarle una estocada.
– ¡No te tomes tan en serio hombre! Mira la hoguerita que han hecho en tu honor. Este fuego es perpetuo, un aviso de peligro. Fuego de residuos.
De repente, el viejo está llorando de risa.
– ¡Que peste! ¡No puedo pensar con este pestazo a queroseno! Vámonos de aquí ya, anda.
Dándose puñetazos en los muslos, explota a carcajadas…
– ¿Ah sí? ¿En qué dirección?
– ¡En la que sea, pero vamos ya! -le apuro
Se pone tieso como una vara.
– ¿Como que en la que sea? Sólo nos vale una, que nos pueden valer todas o ninguna, sí, pero hay que elegí una dirección.
– ¡Y tengo que hacerlo yo, tú sabrás cuál es mejor!
– Sí, ya los conozco, pero pa tí el camino no será el mismo que pa mí. Así que es mejor que decidas tú cuál es el tuyo. Yo ya hice mi elección antes de que tú llegaras. Eché a las aguas una manda, pedí un deseo y apareciste… Tu eres mi soma, la inmortaliá, ni los centauros me reconocen a tu lao. Ahora me toca cumplí la promesa.
– ¿Qué promesa?
– Te voy a contá un secreto, argonauta -pone su mano en mi oreja, poco a poco me llega su voz susurrada-, la Mar trae tó lo que le pidas si sabes mediar. Algunas noches me voy al espigón, espero a que asomen los cráteres lunares, y le pido a las aguas quietas… La concentración oscila entre el silencio y el sonío, si puedes vé imágenes en el agua, mete la mano y remuévela, cambia sus formas y perspectivas. Las aguas las registrarán y te las traerán en silencio, flotando en su generosa indolencia, cualquier cosa que le pidas… sssssssh pero esto es un secreto, emigrante.
– No te preocupes, no hablaré con nadie del asunto -le susurro en voz baja.
– Cualquier aberración es posible. Hay que tener cuidao con lo que se refleja -me devuelve el susurro.
– ¿Y yo soy una manda tuya?
– Eres una invocación cantada o muda, según el caso. Sí, y yo soy un ruego como los de las mujeres que echaron mandas pidiendo que regresaran sus hermanos, maríos o hijos muertos por la guerra. Se trata de atraer a las fuerzas divinas y oscuras mediante el sello de una promesa, que si no cumples se vuelve en tu contra y de la que no debes hablarle a nadie.
– Coto, pareces una vieja supersticiosa arrimándose a creencias de hojalata.
– Estas pobres mujeres creían en los milagros, que la guerra era obra del diablo. Pusieron velas que se están apagando. Sus promesas flotan en la memoria oscura de este pueblo…
Coto, inclinado hacia delante, alza sus quejíos entrecortándose lentamente para ir creando una toná de luz sin tiempo…

En la noche sin veleta
ay niño, luz de mi espejo,
vela que se amarra a la piedra
tendrá tiempo de ser velero,
una noche sin veleta.

– Ahora es tu tiempo, emigrante, toma una dirección antes que se apague la última vela y la noche se quede sin recuerdos ni veleta.
El viejo hinca el mentón entre sus nudillos artríticos, rígido, abre sus ojos desmesurados. Después de un largo silencio inamovible asiento con la cabeza. Le voy a seguir el juego.
– Bien… -vuelve a su flexibilidad habitual de movimientos felinos- Centrémonos en la elección. Mira los caminos, que se van en las ocho direcciones, uno por uno, míralos de reojo, así captarás mejor. Luego decide por dónde hemos de tirar.

De entre la bruma pestilente de la hoguera de lenguas azules surge una figura con cuernos, medio toro, medio hombre…
– ¿¡Quién os trae!?
Su voz ronca viene de lejos, pero su aliento está a un repeluz, y sin embargo la criatura está a media distancia.
– ¡Vientos del Sur! -respondo.
Su figura y su voz son portavoces de algo siniestro, inconcreto, que se mueve en lo oscuro y que aparece cuando menos te lo esperas para borrarte de tu tiempo.
Barro con los ojos una cresta de cañas a mi izquierda… no podría alcanzarlas.
– Quieres decir que no traes papeles.
– Señor, permítame si hablo en nombre de este joven, es mi ahijado y no…
– No conoce las leyes… -corta el Centauro, su voz es una letanía abrumadora- ¿Ha decidido un camino ya?
– Todavía no -responde Coto.
– Pues entonces no podéis estar aquí. Propiedad privada.
– Antes de elegir, he de conocerlos bien -intervengo.
– Propiedad privada -repite el Centauro autómata.
– ¿Cómo sé cual es el camino que me llevará a mi madre? que es el motivo de mis pasos, cuyo fuego cura antes que quemar.
– A mí no me importa nada la dignidad de tus intenciones, o las maldades que traigas.
– Sí, señor, entiendo su postura, pero tendremos que irnos por uno de estos caminos -adopta Coto una postura irónica.
– ¿Me quieres decir que no sabéis por dónde habéis venido?
– Así es… -responde con la eventualidad de un mimo.
Después de revisar uno por uno los caminos… Me decido.
– ¡Iremos por éste, el de mi izquierda!
– Bien, muchacho, entonces tienes que ofrecerme los tributos.
– ¿De qué estás hablando?
– Has de sacrificar los otros siete caminos en mi honor. Pues yo custodio esta encrucijada.
– ¿Y si no quiero renunciar a ellos?
– Iré a tu encuentro, sin importar dónde, antes o después me cruzaré en tu camino y ahí ya no tendrás elección, a tu izquierda ya no habrá camino. Sin darte cuenta habrá sucedido algo tan irreversible como la muerte, o el destierro. Habrás de perder tu libertad. Entonces yo daré por cobrado mi tributo.
– ¿Porqué lo haces?
– Ese es mi cometido. Soy un ser de instintos bajos y deseos aún más profundos. Pero no soy malo. No puedo ir contra las leyes. Tú, sí, pero no olvides que también eres un animal.
– ¡Pues no creo en mi destino de esclavo! ¡Siempre podré volver atrás!
– No siempre.
Se acerca la criatura…
– Has de tené cuidao, hijo, con sus cuernos: en uno reside su potencia, en otro su sabiduría –me advierte Coto a mi costado.
– ¿Cómo quiere que le sacrifique tantos caminos? ¡que me está pidiendo éste!
Nos rodea la bestia.
– En el Cerro el Toro hay una ermita, donde la gente va con sus cirios y sacrifican los caminos. Quiere que vayas allí a peregrinar.
– ¿Que clase de ermita es esa?
– Donde se organiza el peregrinaje de las ánimas benditas.
– ¿Y hacia donde van?
La criatura se frota un cuerno y con las pezuñas aparta la tierra. Resoplidos.
– No van a ningún sitio. Asustan a los ciudadanos, advirtiéndoles del peligro de adentrarse en la oscuriá de las montañas. Luego la gente se reúne y de oreja en oreja comentan y se llevan al supuesto extraviado, como si ellos fueran las propias ánimas en su procesión nocturna.
– ¡Eso es demagogia barata. Miedo hipnótico! -grito para que me escuche el Centauro.
– Estáis condicionados por lo inevitable. Aquí no hay libertad para nadie. Tragaréis el polvo que yo levante -la enorme criatura se va acercando a medida que su voz nos envuelve, fría como un sudario.
– Donde hay orden hay final, todo lo que se establece llega a su fin. -le replica Coto- Yo, ahora, he de cumplí mi manda… -me susurra mientras se coloca en el camino a mi izquierda- ¡Mala bestia, respondo a tó lo envites! -lo llama con su capa, firme hacia atrás, percha de contraposto andaluz- ¡Si todos concebimos nuestra propia inmortaliá! ¡vamó toro! ¡¡seremos inmortales!!
Coto reta al centauro, con mirada felina, y lo penetra en la oscuridad con el reflejo de sus pupilas… y de la oscuridad sale embistiendo… nube de polvo… lanzando cornadas se lo lleva arrastrando por el Camino de Poniente. Desaparecen tras la polvareda.

Los motivos de Coto son un misterio. He de tomar una dirección y no pensar más en lo que podría haber sido si…
En esta sofocante encrucijada reina el plástico derretido y los tomates podridos.
Miro abstraído el cartelito, el camino que va al Sur, el Camino las Garzas.
Se posa una ave en mi hombro, me mira… Echa a volar hacia el Este, donde el camino es un sendero tortuoso, lleno de piedras.
A la entrada hay una Diosa apostada con tres cabezas que se mueven en triángulo.

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